Autores como Erik Harley o el colectivo Nación Rotondas han abordado este fenómeno durante años, utilizándolo como metáfora de la fiebre hiperconstructiva en España

Se pueden visitar los ecos de esta rivalidad histórica conduciendo de rotonda en rotonda. Leganés (194.000 habitantes) y Getafe (190.000) siempre miraron de reojo a su vecino de enfrente. El fútbol, para variar, ha representado mejor que nada la competencia entre ambos municipios. Antes de que las dos ciudades alcanzasen simultáneamente la Primera División, estuvieron mucho tiempo batiéndose en duelo en el barro de la Tercera y la Segunda B. Era el final de los años 90. Mientras las aficiones vibraban dentro de unos estadios sin lustre durante esos derbis calientes, los constructores inmobiliarios experimentaban con estas localidades como si aquello fuera el Monopoly. El bum del ladrillo impulsó el crecimiento al sur de Madrid y, en cada nueva construcción, la guinda del pastel era la misma: una rotonda. Así, Leganés y Getafe empezaron a competir también en la construcción, auspiciados por sus alcaldes.

“Era increíble, una pelea de rotondas. Se multiplicaron por todas partes”, cuenta maravillado el experto en estudios urbanos Erik Harley, de 32 años. Por su cercanía a la base aérea, Getafe empezó a decorarlas con aviones de combate, aunque la fiebre por idear rotondas inimitables llegó hasta tal punto que se llegó a instalar un somier gigante en la calle del Greco o un toro bravo a la entrada de la A-42. Leganés, por su parte, ofrece un popurrí infinito de obras que nadie sabe por qué están allí. El dato exacto de rotondas en cada municipio no existe. Sin embargo, los dos han contribuido a que Madrid sea la segunda región de Europa con más rotondas, solo después de Nantes (Francia).