Casi 44,5 millones de turistas extranjeros llegaron a España en el primer semestre del año, un 4,7% más que en igual periodo de 2024, según los datos que el INE hizo públicos el pasado viernes. Se gastaron más de 59.600 millones de euros, un 7,5% más. Todo apunta a que este ejercicio mantendrá el encadenamiento de récords que vive el país tras la salida de la pandemia, con grandes posibilidades de alcanzar la simbólica cifra de 100 millones de visitantes internacionales. En paralelo, se está produciendo una fuerte y continuada subida de los precios del turismo. Las tarifas de los hoteles, por ejemplo, llevan cuatro años consecutivos creciendo, con un encarecimiento acumulado del 55,4%.

El éxito y la importancia de la primera industria nacional resultan innegables. La patronal Exceltur prevé que el año concluirá con una aportación del turismo al PIB español del 13,2%, el máximo de la serie histórica, con una actividad por encima de los 220.000 millones. Pero ha sido precisamente esa relevancia económica y esa sucesión de récords lo que ha puesto sobre la mesa el cada vez más extendido debate de su sostenibilidad social y su impacto en la vida cotidiana de los ciudadanos. La cuestión se amplía a su sostenibilidad económica para los propios españoles cuando veranear en un lugar de España resulta este año imposible para miles de familias. El precio medio de los vuelos a las costas nacionales ha subido desde 2023 entre un 10,5% y un 63%, y el de los hoteles entre un 1,5% y un 26%, según el análisis que la plataforma de inteligencia turística Mabrian realizó en julio para este periódico.