A estas alturas del verano, es probable que todo el que tenga vacaciones las haya consumido, al menos parte de ellas. Puede que haya planeado unas vacaciones perfectas para olvidar rápida y eficazmente el estrés del día a día. Si de paso las fotos que nos echemos sirven para arañar unos me gusta en las redes sociales, mejor aún. Otro argumento para buscar unas vacaciones ideales es, como comentó hace unas semanas Guillermo Alonso en el A Vivir de la Cadena SER, superar los “veranos memorables y superlativos” de la infancia...
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. Contó que, para él, “cada verano es una promesa” y no se enfrenta “al estrés continuo de tener que comparar todos mis veranos actuales con aquellos”, ya que durante su niñez no vivió grandes vacaciones.
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Quizá algunos se enamoren del lugar que han visitado e incluso hayan imaginado cómo sería su vida si decidiesen mudarse o pasar allí una temporada. Puede deberse a que no se sienten cómodos en el lugar donde viven o que este ha pasado a ser hostil por la falta de lazos, el alto coste de la vida o el excesivo turismo, por poner tres ejemplos comunes. Esta idealización de lo visitado en vacaciones le sucede sobre todo a quienes están inmersos en las redes sociales, pues ven constantemente imágenes y vídeos de espacios idílicos, sea en una ciudad de playa o en un pueblo de campo o perdido en las montañas. Hoy, en algunas plataformas solo cabe la perfección, en internet no se suelen mostrar las desventajas de nada.






