Las vacaciones son mucho más que un paréntesis. Pueden ser una oportunidad para parar y mirar con perspectiva nuestras relaciones y, por qué no, nuestra vida profesional. El trabajo no solo nos ayuda a pagar las facturas; también es un medio para crecer, para dotar de sentido a nuestro día a día y aportar a algo en lo que creemos. No existe el empleo perfecto, pero en ocasiones nos replanteamos si estamos en el lugar adecuado. El 79% de los trabajadores reconoce no estar comprometido con lo que hace, según Gallup. Si una persona pasa demasiado tiempo estancada o a disgusto, está claro que está malgastando parte de su vida.

Necesitamos identificar las señales que invitan al cambio. Más allá de las líneas rojas evidentes, como no compartir los valores de la empresa o sufrir comportamientos abusivos, existen otras más sutiles. Las señales del cambio aparecen cuando entra en crisis alguno de los elementos que nos ayudan a realizarnos: nuestra energía personal, la contribución que realizamos o nuestro nivel de bienestar, explica José Conejos, consultor y experto en acompañar a personas en momentos de transición profesional.

El primer elemento, la energía, tiene que ver con el disfrute y el reconocimiento por alcanzar nuestros objetivos, incluso si son desafiantes. Cuando llevamos demasiado tiempo haciendo lo mismo, lo que nos mueve deja de ser la motivación y pasa a convertirse en inercia. Las escasas oportunidades de aprendizaje, la falta de retos o el reconocimiento insuficiente merman nuestra energía.