Uno no espera mucho de un lunes de noviembre y lluvia, pero a un 15 de agosto sí parecemos pedirle un Mediterráneo como el de antes, un amor como el de los 20 años o —por lo menos— una performance de Paquito el Chocolatero que ponga en alerta a los sismógrafos. Será que el verano pertenece, de modo eminente, a esa serie de cosas a las que, una y otra vez, juzgamos menos por la experiencia de su realidad que por la bondad de su promesa. El comunismo iba a traernos la igualdad; las redes, un debate civilizado: de igual manera, cada año el verano nos dice que esta vez sí, que esta vez todo va a ser calas recónditas, cenas bajo el emparrado, y noches sin fin seguidas de mañanas sin ibuprofeno. Como el amor en una playa, la verdad luego resulta más pringosa, y uno ha llegado a preguntarse si no merecería la pena editar una serie de guías turísticas que se aparten del género fantástico. Algo así: “Santorini. Idílica isla griega, conocida por sus atardeceres, su restauración mediocre y sus altos precios. Con un inigualado historial para la decepción, después de contemplar juntos la puesta de sol, es muy probable que su relación sentimental también se aproxime a su ocaso. El vino blanco local es excelente”. Estas guías, sin embargo, serían un fracaso. No porque necesitemos fantasía, sino porque hemos hecho por dentro el cálcu­lo moral de que las miserias, con verano, son menos.