Vivir un amor de verano. ¿Qué podría definirlo? ¿La sensación de plenitud o la inminencia del consabido final? ¿La urgencia por apurar las horas de cada noche juntos, conscientes de que la cuenta atrás está en marcha, o la calma hallada en cada encuentro jadeante sobre el cuerpo de nuestra amante? En nuestro imaginario sentimental siempre han estado estos amores en la cima de la pirámide de los romances. El motivo lo definía exquisitamente bien, en una sola frase, mi amigo Rafa Pons: “Qué pronto se olvida que un flechazo es una herida”. En los amores de verano esa condena se eleva a la máxima potencia. En el mismo disparo que Cupido nos lanza, además del enamoramiento meteórico y las horas deliciosas, está escrita la fatídica fecha de despedida. Septiembre nos lanzará, a ti a tu ciudad, a mí a la mía. El otoño, con sus mandatos, nos expulsará del paraíso.
Así sucedió en mi adolescencia con los amores de verano que viví: tú te quedas en Galicia, yo regreso hacia Madrid, se acabó la fiesta. Éramos tan fugaces que aquello era eterno. Quizá por esa transitoriedad, quizá por su carácter efímero, por la escasez de momentos compartidos, estos amores son verdaderas estrellas fugaces que atraviesan nuestra noche para llenarnos de luz y belleza. Relámpagos que nos dejan después el recuerdo emocionado y esa sensación de dulce dolor de quien ha rozado el milagro y se lo han arrebatado en un momento.






