Nunca es buen momento para separarse en las relaciones largas con hijos. Sobre todo, cuando nada obliga a nadie a querer salir por piernas y no sabe una, o uno, si da más vértigo irse de casa o hastío quedarse en ella. Cuando no es Nochebuena es Navidad, o Semana Santa, o el cumpleaños de un crío, multiplicado por el número de crías de la prole, o se ha puesto malo de ingresarse un abuelo y cómo vas a ser tan descastado de darle ese disgusto en el lecho del dolor al viejo. Luego, casi siempre, se pasan los turrones y las torrijas y las tartas, y ni se muere padre ni cenamos, ni te separas ni te arreglas, y vuelves a las mismas. Puta ley de vida.

No, nunca es el día perfecto para empezar la próxima partida de tu timba si no tienes las agallas de romper tú la baraja ni la suerte o la desgracia de que sea el otro quien te la dé cortada. Pero si hay una estación hostil a las rupturas es el verano. Ya lo cantaban Sonia y Selena hace 25 años: “Cuando llega el calor, los chicos se enamoran, es la brisa y el sol”. Ni una palabra de tormentas ni nublados. Y, dejando aparte el cambio climático y la distribución de los volúmenes faciales de esas dos diosas paganas, las cosas no varían tanto en tan poco tiempo. Los latinos somos muy nuestros, la soledad solo es fotogénica en los cuadros de Hopper, Los Hamptons nos quedan muy lejos y muy caros, y la idea del estío por la que suspiramos todo el año consiste en una sucesión de días y noches mirando al mar soñando y disfrutando al amor de los otros. La vida, sin embargo, no es siempre como uno quiere y no puede programarse todo.