Llegaban tambaleándose al final de las escaleras del tercer piso de la calle de Consejo de Ciento. Infidelidades, hartazgos, machistas, violentos, mujeres agotadas. Las vidas resquebrajadas. Pero ella casi nunca contaba nada al volver a casa. Entraba por la puerta y era solo un qué tal el día, bien, en el juzgado. Ya sabéis. Nosotros esperábamos algún detalle, un pedazo de historia para entender el mundo en el que vivía de diez a siete, dependiendo del día y de los casos en la sala de espera. Y cuando quedaba claro que no soltaría prenda, mi padre arqueaba las cejas y yo me conformaba con imaginar qué habría detrás de los regalos que seguían llegando cada Navidad. Los bombones de la señora Parera, las flores de la farmacéutica o las botellas de cava de la portera.

Mi madre era abogada, si es que uno deja de ser lo que fue media vida. Abogada civil. Matrimonial, para ser exactos. Cabalgó esa ola jurídica y social cuando se aprobó la ley del divorcio de 1981. Y más allá de aquella norma y sus rígidas respuestas, asistió al amanecer del derecho al desengaño. El despacho, como el de otros abogados, se fue transformando con los años en el laboratorio del mayor tratado sentimental jamás elaborado. En sus archivos, en las infinitas horas de audiencias y en las sentencias almacenadas en los separadores había respuesta a casi todos los conflictos del alma. También conclusiones. El amor conyugal no existe. O solo un tiempo determinado. Más bien corto. O fugaz. El resto es solo miedo. Rencor. Paciencia. Ella no lo decía así, es verdad, pero podía deducirse. O quizá fue lo que a mí empezó a parecerme con los años.