Nuestra casa era un caos funcional. Siempre estaba llena de gente que entraba sin llamar, que se sentaba sin pedir permiso, que hablaba de Russell, de la lucha obrera, de Antonioni o de si el alma existía o era un residuo romántico.

Mi madre era poeta —no poetisa, decía ella parafraseando a Gloria Fuertes: “que se llamen ellos poetos”—. Escribía versos en servilletas, en márgenes de periódicos, en los tickets de la compra. Tenía la mirada fija en lo invisible, en eso que se mueve detrás de las palabras.

Mi padre, médico rural, de los que lo mismo cosían una brecha que evitaban un suicidio, se pasaba la vida de guardia, cruzando campos de madrugada. Él me enseñó que la tristeza era elegante, que no había pensamiento profundo sin una sombra detrás. Y yo crecí aprendiendo a llorar con Cioran y a callar con Sagan. Cuando nos veía demasiado felices, nos leía a los existencialistas como quien lanza cubos de agua en mitad de un incendio. Nos hablaba de la muerte, de la insignificancia, de la oscuridad cósmica. Nos recordaba lo minúsculos que éramos y que nada — ni un corazón roto, ni un suspenso, ni una traición— tenía verdadera importancia. Y eso, cuando una es niña, es devastador.

Así que yo, que me sentía sola en una casa en la que siempre había alguien al que no conocía durmiendo en el sofá, aprendí a mirar hacia los lados y descubrí a la señora Matilde.