Hay veranos que se adhieren a la piel como una segunda memoria. El de ella fue uno de esos: 1975, Costa Brava, un camping que olía a protector solar, a cheetos y a esperanzas gastadas. Tenía catorce años y la certeza incómoda de que el mundo de los adultos era un territorio extranjero donde ella no tenía derecho de entrada.

Sus padres habían elegido aquel lugar con la precisión de quien busca la felicidad en un catálogo. Piscina azul, discoteca con bola de espejos, animación para todas las edades. Ella los observaba desde la distancia etnológica de la adolescencia: su madre aplicándose aceite de coco con la devoción de quien practica un ritual ancestral, su padre fingiendo leer el periódico mientras sus ojos vagabundeaban hacia territorios prohibidos: escotes, muslos, pechos.

Fue entonces cuando descubrió el pinar. Un accidente geográfico que los urbanistas del camping habían olvidado domesticar. Entre los pinos marítimos, la luz se filtraba como miel antigua y el silencio tenía una textura distinta. Allí, con la columna vertebral apoyada contra la corteza rugosa, abrió por primera vez el primer volumen de En busca del tiempo perdido.

Proust llegó a su vida como llegan las revelaciones: sin anunciarse, transformándolo todo. Las frases largas como ríos la arrastraron hacia un mundo donde el tiempo no era cronológico sino emocional, donde un sabor podía resucitar décadas y donde el amor era una enfermedad hermosa e incurable.