A esta calavera mía los setenta ya no se los quita nadie, tampoco los recuerdos que atesora. En su nube mental conservo sensaciones, imágenes y olores perfectos del pasado. También un rostro, recurrente en mis sueños, imborrable, el de Mary Mac-Crohon.

Muy poco mayor que yo, pasó por mi pubertad durante la canícula del 68.

Aquel tórrido verano de cigarras desgañitadas, mi madre me puso una profesora particular de Inglés, una chica irlandesa que estaba de intercambio en alguna de las villas modernistas vecinas al parador de turismo. Así que, diariamente, a la hora de la siesta, cuando el calor apretaba y los perros se ponían a la sombra, aparecía Mary por el camino de piedras —aún no existía el paseo marítimo—, con la frente y el labio superior húmedos, en su bicicleta de cartero, de ruedas grandes, sillín con muelles, manillar abierto y cesta para las libretas.

Tenía la piel inocente y pecosa, pero de pecas rubias igual que la melena lisa que le cubría los hombros, los ojos azul marino y una delgadez frágil, no enfermiza, tampoco mística, como de hada artúrica. Aunque lo que más llamaba la atención en su silueta, al menos para mí, que por entonces llevaba un avispero de hormonas zángano en el hueco del corazón, era su notable pecho, desproporcionado para aquel cuerpo etéreo de mujer ángel.