A Greta la llamaban la Gaspara desde que llegó a Madrid, las cabronas de sus compañeras de la calle Ballesta se lo pusieron por el color pelirrojo de una barba que le costó mucha cera y mucha pinza quitarse. “Echo de menos que me sangre la cara”, solía decir, tardé en entenderlo, hasta que pasé yo misma por los rituales travestis y supe de lo sagrado del dolor y la belleza. El verano en que la conocí, la vida se le terminaba ya, Greta entraba y salía del hospital de La Paz, un cáncer de estómago se la estaba comiendo viva, menguaba de tamaño como si en lugar de muriendo estuviera desvaneciéndose. “Maricón, qué cansado es morirse, y encima estriñe”, decía encendiéndose un cigarro detrás de otro. Carmen La Chochomoro, la única de las ballesteras que ahorró para hacerse una vaginoplastia en Casablanca, cuidaba de ella; cincuenta años de amistad, de esquina y de café con porras al amanecer, las habían hecho hermanas. En tiempos de la ley de peligrosidad social, cuando una entraba en la cárcel, la otra le echaba un ojo a la casa, le regaba las plantas, le pasaba una fregona y le dejaba la cama hecha y tabaco en la mesilla el día antes de la liberación. En su presencia yo procuraba no hablar demasiado, acaso les hacía alguna pregunta bien pensada para provocarles la conversación, cosa que no era muy difícil, eran homéricas, les gustaba narrarse y lo hacían con habilidad, tenían la emoción en la garganta, como las buenas actrices, no en el pecho; el llanto les venía fácil y también se reían como guacamayos, con la boca muy abierta. Les ponía su cafelito con galletas y les controlaba el chorro de brandy, a su lado se me pasaban las horas volando. Adoraba esperar la caída del sol junto a ellas y encender la primera luz cuando ya casi no se veía en el interior de la casa de Greta, un pisito en Canillejas bastante apañado “y, sobre todo, limpio y mío”.