Las tres bodas de Manolita, de Almudena Grandes, me ha reconectado con la lectura estival: la de mañanas incansables de palabras y páginas, la de “tengo mono de libro; sí, un sábado por la noche”. No todas las lecturas son iguales; mi primer tatuaje lo provocó una lectura de verano y creo que no hubiera sido igual de efectivo de haber leído aquel libro en febrero. Grandes habla del amor como pocas veces he leído. Yo quiero recoger ese amor en una cajita de caramelos de café con leche, para poder olerlo siempre, cuando esté y cuando falte. Manolita me ha hecho entender qué es temer todo eso tan nuevo y tan arraigado dentro. Qué cosas, una hija y hermana de rojos, experta en cárceles y curtida en el hambre de la posguerra española me ha enseñado a mí, joven GenZ, los entresijos de un amor precioso, pequeño y enorme, de esos en los que se olvida el mundo y no está mal. Grandes consigue siempre erizar la piel, anegar los ojos de lágrimas que ríen a la vez silenciosamente. Y, aunque vaya a contradecirme, sus palabras, su literatura, calan igual de hondo en agosto que en abril.
Luna Martín de los Reyes. Ciudad Real
Más allá de las destempladas críticas lanzadas por Isaac Querub en su tribuna del pasado 4 de agosto a lo expuesto por Josep Borrell, en otra tribuna del día 1, sobre la complicidad en el genocidio de Gaza, me ha llamado dolorosamente la atención que el señor Querub no haga la más mínima referencia, aunque fuese de forma tangencial, a la tragedia humanitaria a la que estamos asistiendo en directo. No está de más recordarle que el camino hacia la paz se construye también desde la compasión, base de toda moralidad (Schopenhauer).







