Otra vez esa sensación: la luz del sol calienta mi rostro como un puré blando y espeso y me trae aquellos veranos en Caños de Meca, cientos de años atrás, bajando a la playa acalorados, aquellas escaleras serpenteantes donde siempre estábamos a punto de matarnos y en las que una vez encontramos un camaleón de ojos saltones que le hizo mucha gracia. Recuerdo la playa, las noches de flamenco, la arena entre los dedos de los pies, el cajón, la guitarra y la flauta travesera (yo amaba su sonido sinuoso) y el firmamento dándonos cobijo oscuro —todas las estrellas, todas— y perfectamente redondo porque todo era entonces así: esférico y perfecto. Recuerdo su cuerpo fibroso perlado de sal mientras se comía una gamba gorda y hermosa y una gota de mar caía en su ombligo desnudo, plof, y se oían las olas y yo le decía: “Tu piel es dorada como el pollo frito”.
Se llama pico de la reminiscencia al fenómeno por el cual solemos recordar con especial asombro aquello que nos sucedió en la primera juventud, cuando el mundo era nuevo y no se iba a acabar jamás de los jamases: recuerdos que me traen ese puercoespín en el estómago que hemos dado en llamar nostalgia. Por esas latitudes ocurrió aquel verano en el camping Camaleón, Caños de Meca (dicen que ya no es lo que era), donde la gente tocaba el djembé toda la noche y los raveros merodeaban por los bosques y los jipis pernoctaban en las cuevas de la playa y se llenaban la polla de barro y todo sucedía lento: el sol caía a plomo sobre el Atlántico por el faro de Trafalgar, donde se había librado una batalla antigua.






