El verano siempre me evoca el amor. Quizá porque mis primeros escarceos románticos se despertaron durante esta estación, y fue en una feria de San Juan donde una vez se inició el idilio que acabó por durar las intermitencias de varios años, a medida que el sol evapora los arroyos y el sol inflama los campos, presagio desatándose de unos fragores incontenibles que ya forman parte de nuestro imaginario colectivo y regresan, puntuales a su calendario, devolviéndonos las filigranas del recuerdo, o bien renovadas intenciones libidinosas. “Cuando llega el calor, los chicos se enamoran” —entonaban Sonia y Selena dos décadas atrás—, como si todo fuese a desvanecerse a partir de las primeras hojas rojizas, luego caídas del árbol. Tal vez, al fin y al cabo, seamos presas de unos ciclos naturales que afectan igualmente a otros animales: la mayoría de las aves extienden sobre los meses estivales su temporada de apareamiento, la cual comienza normalmente en primavera: palomas torcaces, gorriones, gaviotas… se recrean, sin saberlo, en las habilidades reproductivas y de crianza. Y nosotros, criaturas moldeadas asimismo por las ansias de juntarnos al otro, reacción hormonal a la luz, vamos construyendo mitos alrededor de las noches tórridas, a lo largo de siglos.
Tanto amor que no parezca una extinción
Moldeados por las ansias de juntarnos al otro, construimos mitos alrededor de las noches tórridas a lo largo de siglos






