Cerró los ojos y por los tapices húmedos de sus párpados circularon recuerdos.
En el río. Ella con el pelo suelto, mojado y pegado a la espalda. Tan largo que se mece en un agua estancada como el plomo. Sale, se lo recoge y lo retuerce entre sus manos dejando una espiral de gotas a su alrededor. Omoplatos afilados como alas. Se estira con los ojos cerrados y el sol traza lingotes de luz en ella y la poza. A poniente, una docena de garzas surcan el cielo como bengalas disparadas contra montañas peladas. Firmamento mellado. Hay tanto silencio que él oye su corazón bombear sangre por todos los pasadizos de su cuerpo mientras la mira.
En el prado. Ellos sentados con las piernas formando tijeras. Agujas de pino en la tierra. Comen higos en cuencos de hojalata, chupándose los dedos y secándoselos en las piernas. Sobre sus cabezas el cielo cambia de violeta a ébano mientras esparce estrellas ya muertas como agujeros en un dibujo punzado. A lo lejos, una tormenta azul enciende y apaga relámpagos retorcidos en la orilla del mundo. El viento remueve su pelo y su ropa. Ella le habla de la Vía Láctea, de Casiopea y de la Osa Mayor como un día su abuelo le habló. Un trueno suena como la tos de un Dios. Él se sopla las manos. Ella extiende sus brazos al frente como si sostuviera una caja con un regalo invisible. Se abrazan. Se besan. Quietos como dos flores en una campana de cristal. Una cortina de lluvia cae sobre ellos. Embestidas de calor les percuten por dentro.






