Yo no era muy impresionable, y no me impresionó. Acababa de llegar a un hotel del trópico después de un vuelo largo —había hecho algo que nunca volví a hacer: comprar un “paquete turístico” con una oferta imposible de rechazar para alguien que, como yo, tenía una asignación de estudiante universitaria—, y cuando se acercó, me dio fuego sin que yo se lo pidiera, me dijo con acento español: “Todos los fuegos el fuego”, e hizo las típicas preguntas —“¿Dónde vives, hasta cuándo te quedas?”—, pensé: “Qué pesado”. En verdad, no recuerdo exactamente qué pensé porque han transcurrido décadas desde entonces, pero debe haber sido algo de ese orden porque sí sé que me escurrí hacia la recepción, me registré, fui a mi cuarto —enorme, casi lujoso—, me puse el traje de baño y corrí a la playa rogando que aquel hombre no me encontrara.

Había pasado unos minutos tumbada en la arena cuando entendí que mi estrategia no había sido eficaz: con un pañuelo anudado a la cabeza, una toalla ridícula color verde furioso y la maquinaria de conquista funcionando a toda marcha, apareció otra vez. Extendió la toalla junto a mí, me ofreció la mitad. Yo fluctuaba entre “Este tipo me está arruinando las vacaciones” y “Qué gracioso es”. Porque me hacía reír. Mucho. No sé qué plan grupal había esa noche, pero lo abandoné para ir a una disco con él. Nos contamos las cosas que uno se cuenta en esas circunstancias. Yo: nacida en ciudad chica, mudada a ciudad enorme, estudiante, quería vivir para la escritura y no sabía cómo. Él: ladrón, contrabandista, viajero, ahora habitante de un país rico en el que no había nacido y donde había montado una empresa de equipamiento médico con la que ganaba una fortuna. Dudé de ese prontuario que dibujaba un tópico: un hombre que había conocido el bajo fondo, que ahora hablaba cinco idiomas y conocía los mejores restaurantes de Europa. Pero hubo evidencias de que al menos parte de ese prontuario era verdad. Nuestras hormonas empezaron a embestirse como meteoritos. Esa noche, y todas las que siguieron, casi no durmió: me miró dormir porque era insomne.