El sabor del verano se dejaba sentir en la sierra de Madrid donde Jaime Chávarri rodaba su película El río de oro.

Yo tenía 10 años y me hospedaba en el Parador. Por aquella época amanecer todos los días en un hotel y desayunar en la cafetería unas tostadas que recuerdo gigantescas era para mí algo absolutamente extraordinario. Aún hoy al pensar en un desayuno perfecto me asalta el recuerdo de aquellas rebanadas inmensas de pan con mantequilla y mermelada. El patio central del hotel llevaba a una mesa de pin pon que había cerca de la piscina. La mezcla de protector solar, cloro y el plástico barato de los balones hinchables sigue siendo el aroma definitivo del verano.

Me es imposible decir si por aquella época los rodajes se prolongaban durante mucho más tiempo que ahora. Quizá, como decía la abuela de Aureliano Buendía, sea simplemente que “Ahora los días los hacen más cortos”. Sea como fuere, en mi recuerdo aquella película duró un pedazo de infancia.

En el centro de la trama había una historia de amor que estaba protagonizada por Ángela Molina y Bruno Ganz. Quizá dos de los mejores intérpretes europeos de todos los tiempos. Mi personaje era uno de los tres hijos de Ángela Molina. No habían transcurrido ni dos semanas de filmación cuando yo ya tenía una certeza rotunda, una certeza como las que solo se tienen a los 10 años: Ángela Molina era la mujer más hermosa que existía y había existido en la tierra y yo estaba absolutamente enamorado de ella.