Uno de los veranos más intensos de mi vida cayó en febrero. Había estado estudiando para un examen durante meses, encerrada en una habitación diminuta de una residencia de monjas. Mi experiencia mística a lo San Juan de la Cruz. Cuando acabé el examen de cuatro horas me sentí completamente aturdida y libre, tenía tres meses por delante de no hacer nada más que darme gusto al cuerpo. Eso era para mí el verano. Recompensarme por el enorme esfuerzo realizado era mi única misión a medio plazo. Emprendí un viaje con tres amigas del sur que habían hecho el examen conmigo. A una de ellas le habían entregado un coche nuevo como regalo de graduación y sentí la excitación del porvenir, el gusanillo que viene a prometer fantasía y euforia, el mundo a nuestros pies.

Visitamos Granada, Córdoba, Jaén y Cádiz. Tres andaluzas y una vasca, no era un chiste, aunque se reían bastante de mí y confesaron que, meses atrás, cuando vieron mi nombre, Miren, pegado en la puerta de mi celda mística, bromearon con que era una etarra fugada. Yo apenas conocía Andalucía, había estado en la Expo 92 y en casa de mi tía Luisa en Marbella, nada más. Era brutalmente ignorante, cada detalle de ese viaje andaluz me asombraba y me enamoraba. Una tarde, sentada en el asiento del copiloto, me hice la promesa silenciosa de ir siempre detrás de lo desconocido, viviría tantas aventuras como fuera posible y nunca me conformaría con una vida burguesa y predecible. Ay.