“Ella no sabía que lo esperaba. Y él no sabía que iba a llegar. Pero se encontraron como si todo el universo se hubiera vaciado para que existiera ese momento”. Clarice Lispector, La hora de la estrella

Según la aplicación de citas, el encuentro no debía durar más de tres horas, pero la parejita ya llevaba casi una hora dentro y todo indicaba que todavía no había ocurrido nada de nada. Es lo que tienen las citas a ciegas. Si no hay química o magia, de poco sirven la belleza, la inteligencia o la educación. A Mateo le constaba, porque ligaba menos que un sevillista en la caseta de feria del Real Betis. Por eso le había ilusionado tanto acompañar al Tino a su encuentro galante, pues al menos uno de los dos iba a hacer un match. ¿Por qué no se escuchaba nada, con lo alharacoso que era el Tino cuando estaba dale que dale y toma que toma?

A Mariché le encantaban las aplicaciones de contactos, porque ya le daba pereza implicarse en una relación y tener que contar su vida otra vez. Antes de los 35 —quién sabe— quizá conservaba alguna ilusión, pero después de cumplir los 40 llegó a la conclusión de que todos los tíos sueltos en plaza eran desechos de tienta que no servían ni para la convivencia ni para la crianza, aunque algunos todavía daban juego para un finde, un viaje o un aquí te pillo-aquí te mato. Y lo que era bueno para ella debía serlo también para Cuca, porque Cuca era la más casera y sedentaria del mundo. Aunque cuando entraba en modo urgencia era capaz de empatarse con el primer bicho que se le pusiera por delante. Para eso eran buenísimas las aplicaciones: para ir a lo seguro o —en el peor de los casos— a lo menos chungo.