Siempre hay un desliz, un instante en el que el otro desvela sin quererlo o queriéndolo que contra ti se sublevaría y de golpe en sus ojos no sólo es visible un reflejo, sino también el hambre. Es como darte cuenta de la estrategia que seguía desde que empezó la partida: ha cambiado algo y su mirada ahora baja a la boca y después la evita. No es un roce de los dedos, porque entonces sería en el tacto demasiado evidente, más bien aleación de avidez y cautela líquida. Queda la duda de por qué una no lo ha captado antes, duda luego suplantada por la conciencia de que antes quizás ese arrebato de voluntad no existía, o no aún: qué puede hacerse al encontrar la fuente de energía hasta entonces desconocida, a cuántos pueblos de costa podría proveer de luz sin esfuerzo, acaso serviría para escapar de la muerte, del mar, del frío; podría yo deshacerme en esas manos.
El bochorno era más soportable en movimiento, pensábamos, sentados en una furgoneta roja de otra época cuyos cinturones de seguridad no habían sido capaces de proteger a nadie, nunca, ni en esta vida ni en otras. Mi amigo Luis conducía feliz, como lo es quien está a punto de ser padre primerizo y vuelve a ver el futuro como una promesa. Ni Carlos ni yo lo habíamos visto en bastante tiempo, con menos frecuencia desde que el amor y una plaza de profesor de Filosofía de la Mente en la UAM Iztapalapa lo habían mexicanizado por completo. Rebeca, su mujer, nos esperaba en la casa de Port de la Selva, con una pamela que la hacía parecer guiri y no latina, la tripa por seis meses hinchada y las toallas preparadas para abalanzarnos sobre la espuma. Escaseaban los días por delante y temíamos que tras el amanecer soplara la tramontana. No podíamos perder el tiempo. Como todavía éramos jóvenes, pensábamos que nos sobraban neuronas que ahogar con cerveza y ratafía. Bromeábamos, creyéndonos listísimos y casi guapos; hacíamos planes para la próxima hora, cuando ya se hubieran secado nuestros cuerpos al sol; dejábamos que cayera la noche y volvíamos a la furgoneta para cenar pollo tandoori en un restaurante-cueva a las afueras. En todas las fotos que guardo aparecemos sonrientes, radiantes como inéditos dioses del mundo; nos encontrábamos gatos silvestres y les dábamos nombres nuevos.






