Follar se había convertido en una suerte de competición. Así lo habían decidido, pensaba Nico, aunque él se había resistido hasta el último momento. Gael le había hablado de ese libro de Miranda July, que había leído buscándose a él mismo todo el rato, también de las pelis de Alain Guiraudie, y de no sé qué podcast que había escuchado en el gimnasio. Gael no le había confesado que en el gimnasio no escuchaba el podcast: miraba a un chico. Esos eran los argumentos que había utilizado para convencerlo. Nico aceptó el trato cuando llegó a la conclusión de que decirle que no era aferrarse a la fantasía de poseerlo: si él quería follar con otros chicos, ¿cómo podía frenar ese deseo? El dolor venía de ahí. De esa pregunta imposible.

Lo decidieron, y follar con desconocidos se convirtió en una competición sin pistoletazo de salida. Primero era un asunto que tenía que ver con la fiesta: Gael echaba de menos esas noches que terminaban con recompensa. Hacía años que escrutaba, felino, las discotecas en vano: había perdido el deseo de bailar, de drogarse, si no existía una presa escondida entre la masa. Dejaron entonces de salir juntos y, cuando lo hacían, era como si todo el rato se suplicaran algo que no se atrevían a reconocer, pidiéndose que no actuaran, que mutilaran el deseo, que dejaran de mirar tanto. Más tarde, Gael propuso introducir las aplicaciones para ligar: estuvieron una tarde entera, con la luz que se apagaba lentamente por las ventanas, discutiendo los pactos. A Nico le irritaba ese nuevo lenguaje que Gael había aprendido a declinar: ¿quién se lo había enseñado? Hablaba de su relación como una cosa que era capaz de mirar desde todos los ángulos, como si existiera fuera, allí, y él no estuviera implicado. Los recuerdos compartidos se convirtieron en hechos; su historia, en un objeto de análisis.