Los amores de verano son uno de los temas favoritos de la ficción sobre adolescentes. Acuérdense de Sandy y Danny relatando a sus respectivas pandillas su versión de lo ocurrido en las noches estivales compartidas en Grease. O a Baby enamorándose a ritmo de chachachá de Johnny en Dirty Dancing. No hace falta irse tan lejos. Si han pasado el verano junto a quinceañeros, se habrán visto obligados a posicionarse a favor de uno de los dos hermanos Fisher de la serie El verano en que me enamoré, cuya imagen de portada homenajea al cartel de un triángulo amoroso similar, el de la película Sabrina, con Audrey Hepburn y Humphrey Bogart.

Los veranos de la adolescencia suceden en ese corto periodo vital en el que confluyen algunos de los elementos indispensables para estar dispuestos a enamorarse durante una ola de calor: mucho tiempo libre, pocas obligaciones, ningún quebradero laboral esperando a la vuelta. Son esos años en los que la vida desprende un adictivo olor a nuevo difícil de ignorar.

Los años transforman los veranos hasta convertirlos en el periodo con más rupturas. En septiembre se producen casi el 40% de las separaciones anuales en España.

Las vacaciones son la versión estival de una tarde de invierno en Ikea para las parejas estables. La prueba definitiva. Un examen final cuyo temario incluye hijos rebozados en arena, insomnio, acidez nocturna por la ocurrencia de cenar en un mexicano en el segundo turno, falta de wifi, cuerpos empapados en sudor, ventiladores ruidosos moviendo aire caliente, botellas vacías de agua en la nevera, resquemor porque los otros parecen divertirse mucho más que nosotros y el deber de impostar felicidad en las redes subiendo fotografías de atardeceres junto a cuatro emojis cuidadosamente seleccionados. Una tarde de agosto puede sentirse como unas oposiciones a notario.