No siempre era capaz de decir la verdad porque nadie le había enseñado. Cuando era pequeña, imaginaba que viajaría a los rincones más lejanos a su realidad y que, al volver al mar, le contaría a su madre, que sería eterna, las cosas rarísimas que la gente come por ahí. Escribía en un cuaderno negro con una letra curva, una letra de alguien que aún se está buscando. Y lloraba ante la belleza y la injusticia. Tenía ganas de beberse el sol, sobre todo desde que la luna dejó de ser tangible para ser infinita. Hace muchos años, su familia y ella tuvieron que emigrar del sur al oeste para poder resistir y aunque su madre no pudiese ayudarle con las tareas del colegio porque no sabía juntar la m con la p, cada viernes le preparaba el mejor emblanco para que no se olvidase del olor a sal. Por eso ahora, los días en los que el silencio es inmenso, sale al mercado a comprar rosada, papas y mucho limón. Y el acento se le escapa.

Hace tiempo que su hija no consigue tener tiempo, y cuando logra con mucho esfuerzo respirar de forma constante lo hace para sostener que existe en un mismo mundo en el que las mentes de los hombres imaginan cargas de energía capaces de aniquilar cuerpos. Pero esto no es lo que se espera del relato. Esto no. Yo he venido aquí a hablar de amor. He venido aquí a hablar de amor porque otra cosa es crueldad.