Aún sigo preguntándome por qué el verano de 1984 fue tan especial, ¡si no hice nada! Ni siquiera salí de Torrejón de Ardoz. Es más, apenas salí de mi barrio. Mi madre, que en estos momentos disfruta de su tan merecida jubilación, había empezado a trabajar en una modesta empresa de limpieza y hacía malabarismos con el sueldo. Le llegaba para dar de comer a sus seis hijos —yo soy el mayor— pero no para que pudiéramos irnos de vacaciones aunque fuera un fin de semana de pícnic a cualquier sitio cercano. Tampoco le llegaba para que todos pudiéramos comernos algún helado de los que salían en los carteles que decoraban los quioscos y bares. Aquel fue el primer verano en el que salió a la venta el Calippo, pero bastante teníamos con el Burmar Flax, que costaba cinco pesetas y bien ricos y fresquitos que estaban. Pero lo más importante es que a mi madre apenas le llegaba para pagar las cuotas mensuales de un piso del que, meses después, nos acabarían desahuciando.

Volvamos a cuando aún era verano. Tenía 11 años y ya había pegado un buen estirón, aparentaba tener al menos 13 o 14 años. Mi quinto de E.G.B. había sido el punto de inflexión en mi fracaso escolar: me quedaba la asignatura de Ciencias Sociales para examinarme en septiembre, por lo que parte de julio y agosto me los iba a pasar estudiando aquel libro de portada azul entre cuatro paredes. Sin embargo, la perspectiva de lo que ofrecen las vacaciones escolares a esa edad es tan especial que ante un panorama relativamente desolador todo podía parecer maravilloso. Porque, además, yo ya tenía conmigo la música.