Estas vacaciones decidí quedarme en casa. No fui a ningún lado. No viajé. Me dediqué a no hacer nada. A ver pasar el tiempo. A perderlo, si así se quiere decir. Y entre ese no hacer me dediqué a leer. A ver películas. A pasear. A mirar el cielo y el horizonte, los árboles. Y a no escuchar a nadie. Me dediqué a habitar el refugio que es la aldea en la que viven mis padres. Ahora bien, también puedo entender que a la vuelta a lo cotidiano no tenía ningún acontecimiento, ninguna anécdota que contar. Ni fotos ni vídeos que enseñar. En comparación con los demás, yo era un aburrido. Dicen. Aun así, no me arrepiento de mis jugosas vacaciones. Si todo me acompaña, serán una opción por mucho tiempo. De calma. De sosiego. De aislamiento. De desconexión. Una palabra que ahora siempre está en el hablar de todos, incluido el mío.

Manuel Iglesias Nanín. O Carballiño (Ourense)

En una tribuna en este periódico, la catedrática Ana Carmona condena la crítica a jueces o al poder judicial. El argumento falla en un punto que ella liquida en una frase: ante actuaciones irregulares, el ordenamiento tiene instrumentos adecuados para corregirlo. Aquí está el problema: siempre que la vigilancia y corrección recae en el colectivo a vigilar y corregir, ese mecanismo no funciona. Es el llamado corporativismo. También estoy cansado de que a los ciudadanos se nos trate con condescendencia y nos digan que no se puede criticar a los jueces. Puedo criticar a los diputados por una ley, al Gobierno por una decisión, pero ¿no cómo trabaja un juez? Cada ciudadano tiene su propia educación y bagaje, pero no es difícil deducir, de informaciones de los medios, que hay indicios de delito en el caso de Santos Cerdán. Pero, igualmente, lo de Begoña Gómez parece excesivo después de años de buscar y que no aparezca nada. Veremos si ese mecanismo al que se refiere Carmona acaba actuando sobre dicho juez.