Los lectores y las lectoras escriben sobre el aislamiento social generado por la tecnología, el 23-F, Antonio Castillo Algarra, el jefe de Los Pocholos, y la mercantilización del fútbol

El pasado domingo, visité una sauna. Me sorprendió que casi todos llevaban auriculares. ¡En una sauna! Nadie hablaba. Nadie miraba. Cada cual encerrado en su propio sonido. Entró una mujer con ganas de conversar. Saludó. Preguntó qué tal el día. No obtuvo respuesta. Tras unos minutos, se marchó. Podría parecer que ella se quedó sola. Pero los que verdaderamente estaban aislados eran los demás. Nos hemos acostumbrado a vivir así: protegidos del ruido y, de paso, de la vida. De los pájaros de la mañana, de la risa inesperada, del comentario trivial de una persona mayor que quizá solo busca unos minutos de compañía. Resulta paradójico que usemos aplicaciones para conectar, mientras evitamos cualquier contacto espontáneo. El silencio no es amenaza; es oportunidad. En él cabe una conversación, una amistad, un gesto mínimo que cambie el día de alguien. Intentemos quitarnos los auriculares de vez en cuando y escuchar lo que ocurre alrededor. Tal vez descubramos que el mundo real, imperfecto y cercano, tiene mucho más que ofrecernos que cualquier lista de reproducción.