Las lectoras y los lectores escriben sobre la precariedad laboral, la regularización de los inmigrantes, las víctimas del accidente de trenes en Adamuz, y la nominación de ‘Sirât’ de Óliver Laxe en los Oscar

El síndrome del tupper es la condena de la clase obrera del siglo XXI. Hace unos días, una amiga me preguntaba si esto era todo lo que podíamos esperar de la vida: madrugar, hacinarnos en el bus para llegar a trabajar, pasar ocho horas frente al ordenador y volver a casa a preparar el tupper del día siguiente. Me lo preguntaba frustrada, desconsolada. Consciente de lo difícil que es salir de la rueda. En los últimos meses, he tenido esta misma conversación con demasiadas amigas. Mujeres con vocación que han estudiado convencidas de que algún día tendrían una buena vida. Ahora todas vivimos asfixiadas por unos alquileres inasumibles, unos salarios precarios y unos trabajos que nos impiden elegir donde queremos vivir. Y en nuestras escasas horas libres de lunes a viernes somos presas del síndrome del tupper. Porque romper una tarde la rutina; ir al cine o tomar una cerveza y no cocinar al llegar a casa, es un privilegio que solo pueden permitirse aquellos bolsillos a los que comer fuera de la oficina a mediodía o encargar comida preparada no les supone un desajuste en la economía de todo el mes. Ojalá dejemos algún día de entregar todo nuestro tiempo y recursos al trabajo y empecemos a vivir de él con libertad.