Las lectoras y los lectores escriben acerca de las infraviviendas, educar sobre las emociones, las dificultades del IRPF en la Comunidad Valenciana y la responsabilidad individual ante las injusticias

Cuando llegué a Madrid, parecía que cumpliría mis sueños; sin embargo, muchos se quedaron atrapados tras el patio de luces que contemplé durante cuatro años. ​Cuando logras salir de ese hoyo de 25 metros cuadrados, el autosabotaje te espera en cada esquina. Surge un sentimiento de culpa, como si tener un hogar digno fuera un privilegio inmerecido, y no un derecho básico. Uno sale de aquellas cuatro paredes, pero ellas no salen de uno tan fácilmente. La ansiedad no se marcha; se queda para intentar sabotear esa nueva etapa que llega tras tanta precariedad e inmundicia. ​Hoy ya no vivo en un zulo, pero si bajo las persianas y es de día, todavía siento la claustrofobia de entonces. He ganado metros cuadrados, pero todavía lucho por recuperar el espacio mental que la precariedad me arrebató.

Sara García Martínez. San Fernando de Henares (Madrid)

Hace tiempo que sueño con una “rebelión en las aulas”, un cambio realmente revolucionario. Estoy seguro de que los diputados se quedaron muy satisfechos tras aprobar las sucesivas leyes educativas: LOGSE, LOMCE, LOMLOE, LOE, LOPEG y LOECE, siglas que reflejan años y años de modificaciones legislativas insulsas. Con el objetivo de “crear” unas generaciones fuertes, me gustaría que se aplicaran materias de inteligencia emocional para el bienestar mental del alumno. Estamos de acuerdo en que conocer es aliviar, y la persona de 14 o 15 años solo sabe que se encuentra mal: no tiene ni idea de lo que le pasa ni de cómo se estimulan la serotonina o la oxitocina. Esa futura materia, que espero vivir para ver, se vertebraría en valores y reflexiones estoicas.