Los lectores y las lectoras escriben sobre la situación de los jóvenes, la relación del PP con Vox, la burocracia digital y la vida en Mallorca

Es curioso escuchar cada día que “los jóvenes no se independizan”, como si fuese un capricho nuestro. A mí, como a muchos, me gustaría hacerlo. Pero no se puede cuando una habitación vale lo mismo que un mes de trabajo. Cuando un casero te pide un aval que ni tus padres pueden firmar. Cuando buscas un hogar y solo encuentras habitaciones con precio de oro y pisos que duran en Internet menos que un suspiro. Duele que te digan que “hay que esforzarse”. ¿Más? ¿Cómo? ¿Estudiar más? ¿Trabajar más horas? ¿Tragar más precariedad? Lo intentamos todo, pero lo que falla no es nuestra voluntad: es un mercado que se alimenta de nuestra frustración, que te empuja a aceptar cualquier cosa porque la alternativa es la nada. Al final, lo que alquilamos no es un techo: es la ilusión de una vida adulta que nunca acaba de empezar. Y una sociedad que obliga a toda una generación a vivir en bucle, sin poder avanzar, no está avanzando. Está retrocediendo.

Helena Fernández-Arroyo Rodríguez. Granada

Santiago Abascal va a lo suyo, y electoralmente le va muy pero que muy bien. Allá donde puede le impone al PP su programa de ultraderecha al completo, y al político popular que quiera ser presidente no le queda más que aceptar sin objeción alguna. En Valencia, Pérez Lorca ha sido investido presidente tragando con todo lo que su socio le ha exigido. La próxima comunidad será Extremadura, y María Guardiola ya ensaya ante el espejo las explicaciones que tendrá que dar a sus votantes cuando sea también asvoxiada. Y así una tras otra lo harán todas las comunidades que necesiten a Vox para gobernar. Y cuando le llegue su turno, Alberto Núñez Feijóo se verá también tan asvoxiado que podría salir al balcón de Génova luciendo una brillante corbata verde.