Las lectoras y los lectores escriben sobre la imposible emancipación de los jóvenes, la petición de imputación a Carlos Mazón, las criticas del PP a la desclasificación de los papeles del 23-F y el concepto de clase media
Dicen que la duda ofende. Sin embargo, para muchos jóvenes en el extranjero con titulación universitaria, como yo, la duda no es una provocación, sino una condición permanente. ¿Podré vivir algún día cerca de mi familia? ¿Podré comprarme un piso? ¿Podré tener hijos? ¿Podré mantenerlos? ¿Tendré tiempo siquiera para cuidar de un perro? Dudas aparentemente anodinas que, en la treintena, pesan tanto como los propios títulos universitarios. En mi caso, y en el de tantos otros, la historia se repite. Nietos de emigrantes que, sin más propiedad que unas madreñas, salieron hacia Europa dejando atrás hasta a sus hijos. Hoy nosotros, jóvenes inmigrantes —expats, para quien quiera dulcificarlo—, en lugar de madreñas en los pies, llevamos un iPhone en la mano desde el que nos ponemos al día de la condena cotidiana de la economía. Nueve años de estudios —un grado, un máster y un doctorado— y el sacrificio de dos generaciones para una única certeza: estamos condenados a la incertidumbre.






