Recuerdo la primera vez que fui a hacer la compra para llenar mi nevera, con mi dinero, cuando me independicé. Con esos cuatro duros —mis cuatro duros— en la cartera, pasé una hora recorriendo los pasillos del supermercado, arriba y abajo, enarbolada, embriagada de poder, paladeando la libertad de elegir entre irme a casa con cuarenta tarros de Nocilla o
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6/gambas-con-salsa-chimichurri.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/gastronomia/el-comidista/2025-03-26/gambas-con-salsa-chimichurri.html" data-link-track-dtm="">dos kilos de gambas. Compré tres botes de galletitas saladas en forma de pez. Me pareció increíble que siendo tan ricas fuesen tan baratas. A la semana, las había aborrecido para siempre. Pero el fulgor de la aventura al hacer la compra sigue en mis ojos, veinticinco años después.
Creo que todo lo que envuelve el acto de comer me hace feliz. Me encanta bajar al mercado, el martes o el sábado, inspirada, y comprar de todo en demasía. Cargar como una burra con pimientos, berenjenas, puerros y apio, melocotones de Calanda y nísperos, y todos los chismes que los payeses me quieran contar.
Me gusta pasar por la charcutería a saludar y llevarme una longaniza más bien seca, chicharrones y un queso pequeño que no haya probado nunca, para después, meterme sin ser vista en la tienda de la competencia, porque allí hacen la butifarra blanca más a mi gusto.






