Llego a casa tarde y cansada, después de una jornada de talleres de cocina a horas de coche de distancia y le digo “déjame, que apesto a fritanga”. Él me dice “ven, que hueles a croqueta”. Tengo suerte. En casa nos queremos mucho. Sobre esta certeza, cada uno capea los temporales de la superficie como buenamente sabe y puede. Yo doy gracias por tener la cocina. Ella rellena los huecos y las grietas que mis carencias, mi torpeza, mis viejas heridas y mi orgullo dibujan en mi madurez emocional.

Cuando me siento inquieta, inútil, floja, o tengo atascadas en la garganta las ganas de llorar, cocino. Corto cebolla y fuerzo el desahogo, si hace falta, y luego me siento mejor. Cocino cuando estoy exultante; cuando me siento tan feliz que la energía me desborda. Entonces cocino, invito, reparto y comparto, y visto la mesa con la vajilla de guardar. Cocino cuando me siento sobrepasada o cuando llevo días cumpliendo con la agenda en piloto automático; cuando me cruzo en el pasillo con mi propio cansancio al pasar por casa solo para fichar, dormir y volver a empezar. Y cocino cuando me siento mala madre, y ese día no hay niña en el colegio con un bocadillo mejor que el de mi hija. Cocinar me salva, me ubica y me hace sentir capaz y valiente. Me recuerda quién soy y por qué y para quién hago lo que hago.