Se augura el fin del espacio para cocinar en el hogar, pero sin cocina no hay hogar. Preparar nuestros alimentos, decidir cómo procesar lo que nos metemos en la boca, nos hace soberanos, genera lazos y puede tener un efecto ansiolítico
En nuestra primera juventud (¡ay!) uno de mis mejores amigos sufrió una ruptura amorosa muy jevi. El día que todo acabó se fue a la cocina y agarró el cuchillo más afilado. No teman: “Tomatitos o me deprimo”, se dijo. Una frase para la posteridad. El acto de cortar tomates y preparar una salsa con la que inundar un plato de pasta era un bálsamo mental, un gesto ansiolítico
> para sobrellevar la tragedia que recién le habían anunciado.
Desde entonces aprecio muy conscientemente los efectos relajantes de la cocina. En momentos de estrés laboral o confusión existencial siempre es bueno ponerse a los fogones y preparar unas lentejas un poco picantitas, un pollo al curry cuyo aroma impregne la casa durante días o una exquisita lasaña chorreante de bechamel (la bechamel la compro de bote, que nunca me sale).
Dijo Levi-Strauss que la cocina propició el paso de la naturaleza a la cultura, pero, poniéndonos menos estupendos, me parece una forma imperativa de autocuidado, de comunidad, incluso de entretenimiento. De soberanía personal (poniéndonos estupendos otra vez): el poder de decisión sobre cómo tratamos lo que ingerimos. Manipular los frutos de la tierra con las manos y obrar increíbles alquimias para crear, con suerte, cosas ricas. Hay ahí un movimiento ambivalente en el que uno cambia el mundo al mismo tiempo que es cambiado por él: la que sale de la cocina es siempre una persona diferente de la que ha entrado un rato antes (o algo así).






