Las cocinas que aparecen en las revistas y marcan tendencia no están diseñadas para ser usadas, sino para ser exhibidas
Las revistas de decoración e interiorismo anuncian el fin de la moda de las cocinas abiertas, esto es, integradas en la sala de estar como un solo espacio. Finalmente, nos hemos dado cuenta de que la respuesta obvia a “¿qué tipo de música escuchas mientras cocinas?” es “el extractor” y de que no todo el mundo puede permitirse la morterada que cuesta una campana de última generación, l...
o bastante potente como para evitar que el sofá termine oliendo a croquetas, lo bastante silenciosa como para no molestar a quien ve una serie en el salón.
Ahora, lo in son las cocinas separadas del comedor por una pared de vidrio más o menos translúcido, para no perder la sensación de amplitud y comunión. Nadie concreta qué pasa con la limpieza de la condensación o las salpicaduras en susodicho cristal, que va de ras de suelo hasta el techo. Pero la sola mención del asunto sería de mal gusto: las cocinas que aparecen en las revistas y marcan tendencia no están diseñadas para ser usadas, sino para ser exhibidas.
Las cocinas del Lecturas o la Pronto, como las de Architectural Digest, son espacios no productivos. Fantasías de clase. Exhibiciones de capital en forma de tiempo libre y de dinero para invertir en sensibilidad estética, en vez de en fiambreras o dispensadores de jabón. En ellas no hay estropajos, ni microondas a 59,90 euros, ni tarros guardando el aceite que se usó para freír dos huevos, listo para freír dos más. Son cocinas de quienes pueden permitirse no cocinar más que por diversión, porque delegan la cuestión alimentaria en el delivery, en la quinta gama gourmet o en el servicio doméstico. Espacios que enseñar a los invitados o a los fotógrafos y que marcan el paso de las modas que, como siempre, bajan en cascada: los ricos lucen y el pueblo aspira.






