El ‘boom’ por el hiperminimalismo que desató la década de 2010 con los países nórdicos como referente (y el templo que diseñó Axel Vetrvoordt para la Kanye West y Kim Kardashian en el epicentro de todo), hizo que los colores claros dominaran el diseño de interiores. El confinamiento intensificó ese cara a cara con nuestros hogares y la búsqueda de luz natural como vía de escape, no solo a través de ventanas y terrazas, sino en todo el mobiliario de una vivienda. A las paredes níveas, los muebles sin ningún adorno y la artesanía de cal, se unió la madera clara como un himno generacional que nunca podría llegar a cansarnos. Hasta ahora.

Tras la pérdida de hegemonía del color beis (aunque el Pantone 2024 quisiera dilatarla un poco más) y una saturación de la estética comfy en todo el mercado, el interiorismo aplaude con interés el regreso de las maderas oscuras. Ese ritmo cíclico que se le atribuye a la moda cobra cada vez más peso también en la decoración, y ahora es el turno de mirar con buenos ojos a esos suelos y muebles nobles fabricados en teca, nogal o caoba que fueron tildados de desfasados no hace tanto. Clásicos modernos como la casa Fisher de Louis Kahn, construida en los años sesenta en Hatboro (Pennsylvania), que destaca por sus muros revestidos de madera de cedro rojizo, vuelven a estar de plena actualidad.