Juan Roig, el dueño de Mercadona, dijo en marzo que para mitad del siglo XXI “no existirán las cocinas”. Otro presidente ejecutivo, Antonio Hernández Callejas, de Ebro Foods, empresa fabricante de marcas como el arroz SOS, se alineaba con él hace un par de semanas: “Estoy de acuerdo con Juan en que empezarán a desaparecer. No creo que se acabe el gusto por cocinar, por la gastronomía, pero quedará reducido a los fines de semana o a eventos especiales. Si estás tú solo, muchas veces recurres a soluciones rápidas. La gente da más valor a ver algo en Netflix que a destinar media hora en hacer la cena”, dijo. Ambas compañías plantean en sus planes de expansión el impulso a los platos preparados.
La explicación de que ‘mejor Netflix que una tortilla casera’, desde luego, no cuela. Como explicaron en un reportaje en este periódico Mònica Escudero y Mikel López Iturriaga, dejar de cocinar en el hogar tiene más que ver con la falta de tiempo, energía física y un trozo de encimera decente. También con la ausencia de conocimiento, pero para adquirirlo y practicarlo son necesarios los factores anteriores. La crisis de la vivienda está rematando hasta el placer cotidiano de prepararnos algo rico: los pisos tienen cocinas menguantes, y como son más caros y están más lejos del trabajo, el transporte nos roba el tiempo y las fuerzas de cocinar. El periodista Javier P. Martín resumía el martes en X este sentimiento: “Cada vez está más claro el modelo de vida que los de arriba nos quieren imponer a los que no somos ricos: vivir en zulos desprovistos de todo lo que resulte placentero y humano (luz, espacio, aire, la posibilidad de hacerte el plato que te apetezca), sin tiempo fuera del trabajo y el transporte, sin dinero para nada que no sea subsistir mensualmente: alquiler (sin acceso posible a la vivienda propia), transporte, electricidad, internet, comida (ya hecha, que además sale más cara)... Nos quieren en el hoyo. Y mientras luchamos por no estar en él, estamos ocupados, cansados y enfrentados los unos a los otros”.






