Los lectores y las lectoras escriben sobre el encarecimiento de la cesta de la compra, enseñar el franquismo en las aulas, y la distinción del Toisón de Oro
Me he dado cuenta de que últimamente no hago la compra según lo que necesito o me apetece comer ese día. Si quiero kétchup, lo compro, claro. Pero me refiero a los ingredientes de verdad, los que forman los platos. Y la razón es sencilla, aunque un poco inquietante: solo, o casi solo, compro productos rebajados por fecha de caducidad próxima. Y claro, yo no decido qué cosas y cuándo ...
se ponen malas. Hoy me ha dado un pequeño golpe de realidad cuando he visto que toda mi compra llevaba la pegatina amarilla del 50%. Ese momento en el que entiendes que el supermercado decide por ti si quieres llegar al final de mes con tus 1.300 euros de sueldo y 25 años. Que sí, que compro el kéfir a 1,07 euros rebajado y luego me casco cuatro vermuts el domingo a 3,50 euros. Me da igual. Cada uno con sus vicios. Pero me hace gracia —y un poco de rabia— tener que ir al céntimo en la compra para poder permitirnos nuestros pequeños “caprichos”. Cuidado, un yogur. Y luego están los trucos de supervivencia al comprar que son otro rollo: la frutería cerca de la oficina, que rota entre calabacines, berenjenas o acelgas a 0,99 euros el kilo. Pequeñas estrategias para estirar el dinero. Porque sobrevivir a base de descuentos no es solo una estrategia económica, sino un síntoma de época.






