Me he comprado los cuatro volúmenes para no olvidar que hubo un tiempo en que España sentía compasión e incluso simpatía por los chorizos

A menudo compro libros compulsivamente mientras leo artículos. Una cita o una alusión a un título me empuja al vicio consumista, pero esta semana he roto todos mis récords: tras empapuzarme de las crónicas sobre la ley de la multirreincidencia que Junts ha hecho tragar al PSOE (que se la ha zampado sin poner caras, con Patxi López defendiéndola como si fuera perfectamente natural que su partido, el de los pobres del mundo y los esclavos sin pan, le apriete más fuerte los grilletes a los rateros); tras leer las crónicas de esta última infamia, digo, sentí el impulso de comprarme los cuatro volúmenes que compilan todas las historietas de Makinavaja publicadas entre 1986 y 1992.

No hay más porque Ivà, esto es, Ramón Tosas, murió en 1993 sin llegar a ver ni la serie de TVE en la que Pepe Rubianes encarnó a su héroe en 1995, ni cómo la Barcelona preolímpica que retrató, tan absurda, brillante y hambrienta como el Madrid de Valle, desaparecía entre anglicismos, gafas de pasta, arquitectura hortera y museos de arte contemporáneo.

Me he comprado los cuatro volúmenes para no olvidar que hubo un tiempo en que España sentía compasión e incluso simpatía por los chorizos que —en aquellos años, sí— operaban en todas las calles dando palos y malviviendo. Makinavaja es la versión ibérica del Mackie Messer de La ópera de cuatro cuartos de Brecht, y a la vez es el arquetipo de todos los pícaros de vidas naufragadas, equilibristas de los márgenes y conocidos en todas las comisarías.