A trav�s del espejoHay un momento del verano en que la vida vuelve a prometer cosas que no piensa cumplir en absoluto. Tiende el mantel sobre la mesa y te pregunta 'qu� quieres tomar'. Como si se pudiera comer siempre a la cartaGondoleros en un canal de Venecia.Actualizado Viernes,
agosto
23:11Audio generado con IAHay un momento de agosto en que el verano parece invencible. Este mismo. Cuando deja de ser martes porque es siempre y el mundo sabe a sand�a y huele a jara, suena a chicharra y se viste de verbena. Incluso en la ciudad, que se estira para desentumecerse porque al fin hay hueco despu�s de la espantada. Hay tanto tiempo por delante que la vida vuelve a prometer cosas que no piensa cumplir en absoluto. Pero ella tiende el mantel sobre la mesa y pregunta en jarras 'qu� va a ser'. Como si se pudiera comer siempre a la carta. Entonces, justo en pleno cl�max, es cuando el verano empieza a despedirse anunciando otro a�o que caduca. Recordando que en oto�o habr� otra vez men� del d�a.Ning�n lugar habita esa plenitud fugaz como Venecia. He viajado all� en una estaci�n que tiende a pintarla como un purgatorio hirviente de turistas perfumado de olor a ca�er�a. Contra pron�stico estaba maravillosa, como una diva sofocada que no distingue el personaje de s� misma. Instalada en el papel de rendir tributo simult�neo a la vida y a la muerte, a la alegr�a de adornarse para fingir en el carnaval diario de las cosas sabiendo que uno se est� hundiendo de manera irremediable. No hay m�s que recordar que su fiesta grande, la del Redentor, celebra su pulso con la Peste.As� que me ha gustado ir all� en plena can�cula, cuando caminar deprisa es un riesgo cardiovascular y una franca descortes�a con ese laberinto de callejas pensado para que el paseo sea un fin y no el medio de llegar a ning�n sitio. Que yo recuerde solo he estado en otro lugar igual de empe�ado en demorarse. Hace a�os, en otro viaje a Kyoto me invitaron a la ceremonia del t�. Un ritual pensado para ahorrar el menor tiempo posible y blindarlo contra cualquier utilidad. El agua herv�a lentamente, el cuenco giraba entre las manos para buscar su mejor cara y ofrecerla... Y all� no pasaba nada m�s que el aire.El fuego del mediod�a veneciano me oblig� a refugiarme en uno de esos caf�s coronados por un ventilador de aspas donde dan ganas de escribir un noir. O protagonizarlo. Como buena inquilina de mi siglo, romp� la magia haciendo scroll y me enter� de que la primera ministra japonesa presume de dormir de cero a tres horas cada noche, ocupada en revisar informes, responder correos, sacar a sus ministros de la cama, preocuparse mucho y poner la lavadora. El insomnio como ense�a de virtud. La sociedad del rendimiento que bosteza.Pero entonces me acord� de que agosto acababa de nacer. Que el oto�o estaba lejos y que s�lo eran las cuatro de la tarde. Que si apuraba el �ltimo sorbo del expreso a�n me daba tiempo a echar la siesta.









