Agarro la taza y doy el primer sorbo al café. Después abro el correo. Uno de los últimos correos que ha entrado en mi bandeja de entrada termina con un simple: “Feliz verano”. Esas dos palabras activan automáticamente un mecanismo ansiógeno en mi cabeza. Sin darme cuenta, empiezo a imaginar la posibilidad de llegar a septiembre con la sensación de no haber aprovechado las vacaciones lo suficiente. Como si el descanso pudiera medirse en términos de rendimiento y productividad y existiera una manera correcta de vivirlo.

De alguna forma, hemos terminado asociando el verano con la felicidad, mientras que el resto del año queda relegado al margen de cualquier despreocupación o bienestar, como si la felicidad pudiera programarse para un mes concreto del calendario y esta época hubiera monopolizado para siempre esa promesa y, con ella, la obligación de aprovechar cada uno de sus días.

Con la llegada del verano, el merecido descanso estival está a la vuelta de la esquina. Después de todo el curso, me resulta imposible no imaginar esos días de pausa. Parar máquinas, zambullirme en las aguas del Atlántico, reencontrarme con amigos y familiares a los que hace meses que no veo y, sobre todo, desconectar por completo de cualquier actividad relacionada con mi trabajo. Y es precisamente esa idea la que me produce ansiedad.