El verano, la estación feliz por antonomasia, guarda también sus pequeñas grandes tristezas, cuidado. Y no me refiero a la tristeza estacional asociada al calor, ni al Summertime Blues de Eddie Cochran. Mira, ponte de fondo la versión de los Auserón, y así no nos queda un artículo muy bajonero.
El verano es tiempo de encuentros y reencuentros, y por tanto de despedidas y separaciones, unos llegan y otros se van: familias reunidas por vacaciones, amistades nuevas, amores de playa, trabajos de temporada, campamentos y viajes en grupo, todos intensos y todos condenados a decirse adiós, hasta el año que viene o hasta nunca. Pero yo quería hoy hablar de otras despedidas y separaciones que tienen menos literatura y menos cine, que no suelen merecer columnas de prensa: las de madres y padres divorciados viendo marchar a sus hijos. “Ay”, habrá dicho más de uno.







