Desde que me hice adulta, el verano empieza varias veces. De niña, comenzaba el día que acababa el curso, e iba todo seguido hasta septiembre. Seguirá siendo así para los niños, espero. En la ciudad se nota el fin de curso, y en las semanas siguientes va creciendo una desbandada: por momentos se ve la polvareda mientras se alejan los coches y las gentes.
Si queda algún evento por celebrarse en Madrid, esos primeros días de julio son la última oportunidad, de homenajear a una poeta o despedir al subsecretario de un ministerio, porque luego se acaba el mundo.
Los programas políticos retiran a sus estrellas a mediados de julio para descansar. Otro escalón en la pausa. Entramos en la segunda quincena con el flujo de noticias casi adormecido, pero de pronto una emergencia nacional por incendios nos despierta. Obliga a conectar incluso a los que están en la playa. Y encima Ayuso da la campanada con otro ático. ¡Qué fijación! Lo que son capaces de hacer algunas con tal de no acortar las listas de espera en los hospitales. Y cuando por fin parece que no puede ocurrir nada, salvo el descanso, se produce una crisis en Ceuta que nos quita la risa. A 2 de agosto, por fin deberíamos dar por inaugurado el verano, pero no se puede. El mundo sigue caliente y ese calor geopolítico pasa por nuestra soberanía.







