No sé tú, pero yo no puedo más: el final de curso se me hace interminable, cuesta arriba, trabajos por entregar, asuntos sin cerrar, plazos que vencen, avances del próximo curso, la lista de “tareas pendientes” que nunca se acaba, correo atrasado por contestar, y las fuerzas ya escasas tras un curso intenso en todos los frentes. Y no estoy solo en mi cansancio de junio: vivo rodeado de gente exhausta que llega a finales de junio dando las últimas boqueadas; desde mis hijas estudiantes hasta mi madre jubilada, pasando por los muchos amigos que coinciden en la misma respuesta cuando les pregunto cómo están: agotados. No podemos más.
Todos miramos el calendario y vemos a solo dos días el mes de julio, como un alivio. Aunque no empecemos las vacaciones, sabemos que el verano traerá otro ritmo, aflojan urgencias y exigencias, tanto laborales como personales, el calor también marca otra velocidad, suena menos el teléfono y entran pocos correos, hay quien ya no responde hasta septiembre. Así que llevamos semanas descontando los días que le quedan al curso. O dicho en términos futboleros: ¡árbitro, la hora!










