Este viernes, los niños salían de los colegios con una mezcla entre felicidad por el inicio de las vacaciones y tristeza por el fin de curso, que para algunos también significaba el fin de una etapa. Algunos lloraban, otros celebraban, pero una cosa que tenían en común es que casi todos salían sudando, algunos con la cara roja y otros mojados por el agua que sus monitores les echan para refrescarlos. Es el último día de clase oficial y en un colegio del distrito madrileño de Carabanchel el termómetro marca 38 grados en el recreo a mediodía. Después de semanas de lucha, las familias despiden el año escolar con una asignatura pendiente: la del calor en las aulas y la falta de climatización agravada por los cada vez más frecuentes episodios de altas temperaturas. “Han normalizado lo que en absoluto es normal”.

Una de las críticas que se repiten entre las asociaciones de familias (AFAS) de los colegios de la capital es que parece que ahora ya llega el fin de las clases y ya se puede olvidar el problema, pero que realmente ese problema sigue ahí y no solo para septiembre. En muchos casos, los colegios se convierten en campamentos de verano, muchos de ellos para niños además en situación de vulnerabilidad. Además, las escuelas infantiles extienden su actividad hasta finales de julio, por lo que los más pequeños siguen sufriendo las consecuencias de no tener aulas preparadas para el calor. “Guantánamo está a la par que las escuelas infantiles”, dice Lola, miembro de una de las AFAS.