Dale al play, que vamos:
Arde la calle al sol de mayo, de junio, y tras el verano también al sol de septiembre, y los centros educativos repiten un curso más lo que ya es una tradición equiparable a graduaciones, festivales navideños y carnavales: dar clases por encima de treinta grados, incluso muy por encima de treinta grados. Alumnos amodorrados, desentendidos de la lección, quejándose de dolores de cabeza y disputando el sitio más cerca del ventilador; familias haciendo colectas para comprar pingüinos; AMPAs protestando porque un año más nos pille el calor sin haber acondicionado las aulas; gobernantes prometiendo ambiciosos planes de climatización (o riéndose de los acalorados estudiantes); y profesores que, por si no estuvieran ya quemados, tienen que trabajar a temperaturas que en cualquier empresa serían denunciables a la inspección de trabajo.












