Por si no bastase con los datos científicos, las temperaturas extremas para mayo que acabamos de sufrir han evidenciado que España afronta un presente y un futuro inmediato de olas de calor cada vez más tempranas y frecuentes para el que está deficientemente preparada. Uno de los ámbitos en los que debería ser prioritaria la adaptación es la escuela en un país donde las olas de calor son cada vez más habituales fuera del verano. Sin embargo, el porcentaje de los más de 19.000 centros educativos públicos que están climatizados es apenas el 1%. El calor extremo ya llega antes que las vacaciones escolares, y la perspectiva es que empeore. Solo la provincia de Sevilla registrará hasta 2040 un total de 41 días lectivos anuales por encima de los 29 grados, y eso en el escenario menos pesimista, según un estudio del Observatorio Europeo del Clima y la Salud. Ninguna regulación educativa establece la temperatura máxima en las aulas, pero sirve como referencia la normativa de prevención de riesgos laborales, que fija entre 17 y 27 grados el rango en los lugares de trabajos sedentarios. Esa normativa entró en vigor hace casi 19 años, pero decenas de miles de escolares —y sus profesores y padres— siguen padeciendo en miles de colegios tener que dar clase cerca de los 30 grados o más. Como muestran las protestas de las últimas semanas en escuelas de buena parte de España, similares a las de pasados cursos, la actitud de las administraciones ha sido, en el mejor de los casos, insuficiente y lenta. El Gobierno central afirma que prevé aprobar en un próximo Consejo de Ministros un plan dotado con 200 millones para la eficiencia energética de los centros educativos. Pero la responsabilidad de ejecutar cualquier medida es de autonomías y ayuntamientos, de los que dependen los colegios.El calor en los colegios no es una cuestión de confort, sino un problema de salud pública infantil, como acaba de recordar la Asociación Española de Pediatría. A partir de los 26 grados centígrados se deteriora el aprendizaje; por encima de 30, el aula deja de ser un lugar adecuado para aprender. Ni los alumnos, obligados a la escolarización, ni sus profesores deben seguir soportando estas condiciones. Y mucho menos chanzas de la peor especie como las palabras del consejero de Cultura madrileño, Mariano de Paco, la semana pasada en la Asamblea regional. Climatizar todos los colegios requeriría una inversión elevadísima, pero no se puede renunciar a lograrlo a largo plazo. Mientras, existen recursos, nacionales y europeos, para ir avanzando en medidas de mitigación del calor que eviten que los niños estudien en hornos. Escuelas bien preparadas pueden servir como refugios climáticos, de los que España anda muy corta, y contribuirán a mitigar el calentamiento, en particular en las ciudades. Convivir con el cambio climático requiere de todos los poderes públicos más voluntad y un esfuerzo sostenido, no ideología ni burlas.