“En las últimas horas del día los alumnos empiezan a acumular cansancio, a estar deshidratados, y no pueden concentrarse. Interrumpen constantemente para ir al baño a rellenar botellas y refrescarse y ya no hay manera de dar clase con normalidad”. Dolores Almudéver, profesora en un instituto de Móstoles, no ha visto todavía en su día a día la “inspiración” que, según el consejero de Cultura de la Comunidad de Madrid, despierta el calor en los jóvenes.

No les culpa. Dar clase a 30 grados o más no es una experiencia que recomendaría. “Hay chicos literalmente tirados sobre el pupitre, diciéndote: 'Profe, lo siento, pero no puedo'. Los que están pegados a las paredes piden cambiarse de sitio”. No es que hiciera falta, pero aclara que son “estudiantes estupendos, de sobresaliente”. “El otro día una chica me dijo: 'No sé cómo vamos a aguantar aquí hasta el día 15'”, cuenta.