Niños corriendo por la playa, comidas familiares, siestas interminables, risas y atardeceres frente al mar. El verano nos evoca una imagen idílica, de postal, construida a base de anuncios televisivos y campañas turísticas. Una promesa colectiva de descanso y felicidad que muchas veces no llega a cumplirse. Cuando termina el curso escolar, millones de hogares en España se enfrentan a casi tres meses de vacaciones infantiles que difícilmente encajan con unas jornadas laborales que continúan prácticamente intactas. Lo que para los pequeños de la casa es tiempo libre, para muchos adultos se convierte en un complejo ejercicio de logística.El verano, lejos de ser un paréntesis, pasa a ser un problema que resolver: encajar —y financiar— días libres, campamentos, turnos y apoyos familiares, semana a semana. La conciliación, ya frágil durante el curso escolar, entra en crisis en verano y obliga a las familias a buscarse la vida. La carga mental —el trabajo invisible de anticipar, planificar, recordar y reorganizar continuamente— se dispara y, lo que prometía ser un verano de postal, se convierte en el periodo más estresante del año. Las mujeres, las más afectadasEsta sobrecarga no se distribuye de manera equitativa. Las mujeres siguen asumiendo la mayor parte de la organización cotidiana de los cuidados. Lo explica para EL PAÍS Laura Baena, activista malagueña, presidenta de la Asociación Yo No Renuncio y fundadora del Club de Malasmadres, grupo que da voz a las madres con casi un millón de seguidores en Instagram. “El verano es el momento del año en el que la conciliación salta por los aires”, señala Baena. “Cuando desaparecen la escuela y las redes de apoyo informal, en su mayoría abuelas, solo quedan dos opciones: pagar por cuidados o asumir la renuncia de una mujer”, agrega. Los datos respaldan el diagnóstico. Según su último estudio, El peso invisible de la maternidad, el 86% de las madres asume la carga mental y las tareas invisibles del hogar. Carga que continúa en verano, cuando el 72% sigue siendo la principal responsable de organizar este periodo. El resultado, describe Baena, son madres agotadas, sobreviviendo como pueden, sin poder disfrutar de la maternidad como les gustaría y con la salud mental por los suelos: “Porque las vacaciones escolares no son vacaciones para todas”.Valeria tiene 47 años, vive en Valdemoro y es madre de Olivia, de 17, y Álex, de 9. Trabaja en una sucursal bancaria, donde no tiene posibilidad de teletrabajar ni de acogerse a una jornada reducida durante los meses de verano. Desde que fue madre, bromea, las vacaciones han pasado a llamarse “mataciones”. “Cuando eres madre y no cuentas con ayuda externa, simplemente cambian las tareas y los horarios”, explica. “El descanso se reduce a unos pocos días. El resto del tiempo consiste en pensar, organizar, buscar un plan A, B e incluso C”. El agobio, dice, empieza semanas antes de que acabe el curso.Un relato similar ofrece Laura Árbol, ilustradora granadina, madre de un niño de 2 años y de una bebé de 2 meses, y trabajadora autónoma. Para ella, la conciliación en verano encierra una paradoja difícil de resolver: trabajar para poder pagar cuidados, mientras esos cuidados son necesarios para poder trabajar. “Desde fuera puede parecer absurdo”, explica. “Pero muchas autónomas no pueden permitirse salir del mercado laboral, ni siquiera temporalmente”, añade. A Árbol, como autónoma, la flexibilidad le permite organizarse, pero nunca desconecta del todo: “Siempre está ahí el runrún de que no estoy facturando”. Y cuando llega el verano, esa presión se suma a la reorganización total de la vida familiar: “Cuadrar horarios, buscar actividades, coordinar apoyos. Una responsabilidad constante que, como ella misma describe, funciona como una olla a presión. No se trata solo de hacer cosas, sino de pensar en ellas, anticiparse y asegurarse de que todo funcione”. “El precio a pagar es el bienestar emocional de las madres”, refiere.Para Baena, el problema está bien identificado. “El modelo laboral nos exige trabajar como si no cuidáramos”, afirma. Para ella, la conciliación sigue dependiendo de soluciones privadas que no están al alcance de todas: “Llegar al verano y que no haya campamentos asequibles para todas las familias ni redes formales de cuidado clama al cielo”. “La solución exige corresponsabilidad real, avances legislativos y poner los cuidados en el centro. Sin hombres comprometidos, sin empresas que apuesten por cambios y sin leyes firmes que protejan nuestros derechos, el cambio social no lo veremos”, agrega Baena. El verano no crea el problema. Lo hace visible.Laura Baena no cree que el verano genere un problema nuevo, sino que saca a la luz una realidad que permanece latente durante el resto del año. “Llegamos al periodo no lectivo sin redes formales de cuidado, sin permisos retribuidos suficientes y con una falta enorme de corresponsabilidad”, resume.Tras más de una década escuchando a miles de madres y analizando sus experiencias, la Asociación Yo No Renuncio —una entidad sin ánimo de lucro impulsada por el Club de Malasmadres y presidida por la propia Baena— llevó el pasado mes de abril sus reivindicaciones al Palacio de la Moncloa. Allí, Laura Baena se reunió con el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, para impulsar un Pacto de Estado por la Conciliación en el marco de la campaña Si las madres gobernáramos. El objetivo, explica Baena, es dejar de relegar los cuidados al ámbito privado y reconocer que se trata de una cuestión de justicia social que exige el compromiso de las administraciones, las empresas y los propios hogares. “Se sigue penalizando laboral, social y personalmente a las mujeres por ser madres”, denuncia. Y esa es una realidad que el verano, año tras año, se encarga de recordar.Laura Baena no cree que el verano genere un problema nuevo, sino que saque a la luz una realidad que permanece latente durante el resto del año. «Llegamos al periodo no lectivo sin redes formales de cuidado, sin permisos retribuidos suficientes y con una enorme falta de corresponsabilidad», resume.Tras más de una década escuchando a miles de madres y analizando sus experiencias, la Asociación Yo No Renuncio —una entidad sin ánimo de lucro impulsada por el Club de Malasmadres y presidida por la propia Baena— llevó el pasado mes de abril sus reivindicaciones al Palacio de la Moncloa. Allí, Baena se reunió con el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, para impulsar un Pacto de Estado por la Conciliación en el marco de la campaña Si las madres gobernáramos.El objetivo, explica, es dejar de relegar los cuidados al ámbito privado y reconocer que se trata de una cuestión de justicia social que exige el compromiso de las administraciones, las empresas y los propios hogares. «Se sigue penalizando laboral, social y personalmente a las mujeres por ser madres», denuncia. Una realidad que el verano, año tras año, no hace más que poner de manifiesto.