La falta de clases, las reuniones desde casa y los niños sin rutina convierten el verano en una etapa especialmente difícil para muchas familias. Padres y madres describen jornadas marcadas por interrupciones constantes, una atención dividida entre varias tareas y el esfuerzo de intentar responder al mismo tiempo a las exigencias laborales y familiares.

El verano altera el equilibrio que muchas familias consiguen mantener durante el curso. Sin horarios escolares ni estructuras diarias claras, muchos padres afrontan julio y agosto intentando reorganizar horarios, actividades y cuidados para sacar adelante el día a día.

Marta, de 39 años y madre de una niña de seis, teletrabaja como administrativa desde un piso pequeño. “Cuando se va el calor, salimos a pasear por la tarde, pero las mañanas son un caos. A veces no sé si estoy en una reunión o hablando como una Barbie”, comenta. Reconoce que muchas veces termina el día con la percepción de no haber estado realmente centrada ni en el trabajo ni en su hija. “Sé que ella se aburre y, al mismo tiempo, siento que yo tampoco hago las cosas igual que normalmente en el trabajo”, admite.

En otras familias, el verano obliga a reorganizar horarios constantemente. Valentina, de 41 años y madre de un niño de siete años, teletrabaja desde hace dos y reconoce que julio y agosto resultan especialmente intensos. No quiere llevar a su hijo a campamentos y buena parte de la jornada gira en torno a organizarse para atender el trabajo y las necesidades de su hijo. “Lo dejaría más tiempo con los abuelos, pero no quiere. Está acostumbrado a estar con nosotros, más conmigo, porque su padre trabaja fuera de la ciudad y no quiero obligarlo”, explica. Mientras trabaja, intenta buscar actividades para entretenerlo con cuentos, dibujos para colorear o ratos de juego autónomo.